lunes, 8 de agosto de 2011

Leyenda del Limay y del Neuquén


Neuquén y Limay eran dos caciques que tenían sus toldos, uno al norte y otro al sur. Eran grandes amigos y siempre cazaban juntos.
Un día, escucharon una dulce canción que provenía de la orilla del lago. Se dirigieron hasta alli y sus ojos se dilataron al descubrir una linda joven mapuche de largas trenzas negras.
-¿Cómo te llamas? – inquirió Limay – Me llamo Raihué – contestó ella bajando sus hermosos ojos negros.
Ambos muchachos se enamoraron de la hermosa joven y ya en el camino de regreso sintieron que los celos rompían su antigua amistad.
Como su distanciamiento se fue acentuando con el pasar de las lunas, sus padres preocupados consultaron a una machi, quien les explicó la causa de la enemistad de sus hijos. De común acuerdo propusieron a los jóvenes una prueba.
- ¿Qué es lo que más te gustaría tener? – preguntaron a Raihué (flor nueva). – Una caracola para escuchar en ella el rumor del mar – contestó -.
Los padres sentenciaron – el primero que llegue hasta el mar y regrese con el pedido, tendrá como premio el amor de Raihué.
Consultados los dioses, convirtieron a los dos jóvenes en ríos. Uno desde el norte y otro desde el sur, comenzaron el largo y fatigoso camino hacia el océano. Más el espíritu del viento, envidioso por no haber sido tomado en cuenta, comenzó a susurrar al oído de la joven enamorada.
- Neuquén y Limay jamás volverán. Las estrellas que caen al mar se convierten en hermosas mujeres que seducen a los hombres, aprisionándolos en el fondo del mar. Nunca más los volverás a ver.
El corazón de Raihué se fue marchitando de angustia y de dolor con estos pensamientos, al ver pasar el tiempo sin que sus amantes regresaran. Se dirigió entonces hacia orillas del lago, donde había conocido el amor y extendiendo sus brazos ofreció su vida a Nguenechén a cambio de la salvación de los dos jóvenes.
Dios escuchó su oración y la convirtió en una hermosa planta cuyas raíces fueron penetrando en la húmeda tierra y elevando sus ramas al cielo. Su cintura se afinó en verde tallo, su busto se esparció en tiernas ramitas y su boca se abrió en roja flor.
El envidioso viento voló a contarles lo acaecido a los jóvenes que, salvando mil obstáculos, corrían hacia el mar. Sopló con tanta fuerza que desvió el curso de los ríos hasta juntarlos para darles la noticia y gozar de su dolor.
Cuando comprendieron que Raihue había muerto de dolor por su causa, depusieron todo su resentimiento anterior y se abrazaron estrechamente vistiéndose de luto por su amada.
Así, uniendo sus aguas eternamente, siguieron su camino hacia el mar, dando origen al Río Negro.

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